Saltar el Tajo en la Imperial Toledo

“El alarde del alarife y su gran mujer”

Elsje Fokkelman y Francisco Fortes

Colección: medieval-spain.com

 

 

El frío toledano marcea y sienta bien al cuerpo y al espíritu. Los  pájaros, las perdices, los conejos y las

 inigualables flores de los  almendros que invitan a disfrutar de las esencias de la vida.

 

 

El Tajo culebrea y rodea a Toledo como un enamorado el

 talle de la novia. Tajo como brazo amplio y fuerte que

separa la ciudad del exterior.

 

 

 

 

 

Para saltar el brazo musculoso del Tajo debieron

 el  constructor romano y  el alarife medieval poner

 todo su empeño.

 

 

 

 

 

 

 

El  puente permite el paso de los cuerpos  pero además da  libre movimiento a las  miradas curiosas, y así el

 viajero  verá  construcciones, remolinos, encajes de  agua y  singulares lugares que historias  guardan.

El río continua su curso, sus aguas buscan el Atlántico y en  su caminar nos enseña muchos “toledos”,

incluso algunos de leyenda, como donde se fraguó la afrenta que a la postre el reino costaría al enamoradizo

rey  Roddrigo.

 

Y  al extremo interno de la ciudad, el  propio puente es

 excusa inmejorable para continuar tierra adentro con

 lienzos de muralla que zigzagueantes  se adaptan al

 terreno.

 

 

 

 

 

 

Desde la otra vertiente las aguas bajan intensas sin  aspavientos y

 bordean íntimamente los pilares del río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde el interior la puerta imponente da seguridad a  los vecinos,

su torreón  almenado coronado de  pirámides truncadas ayudan

a los indeseables a  desistir.  Arcos de herradura y herradura

apuntado  facilitan la salida de la ciudad.  La guarnición  observa

 el tránsito y lo  regula.

 

 

 

 

 

Gigante bicéfalo de cinco ojos que a  la vez une  y separa, que a un tiempo  sirve y adorna, y que de su gran

 belleza  la imagen retenida en el recuerdo queda de la imperial Toledo, de la España eterna.

 

FIN