Homenaje en el centenario de su nacimiento

Con mi admiración

Francisco Fortes Figuerola

 

Manuel Laza Palacio: una leyenda real.

 A veces, los restauradores encuentran magistrales obras de arte escondidas detrás de trazos vulgares. Pintura basta que hurtó el disfrute estético del gran público y quizá la salvó de alguna felonía de los sin escrúpulos. En ocasiones, este mismo fenómeno ocurre tras nombres comunes, que cuando son limpiados del injusto polvo del olvido, hacen renacer personajes verdaderamente singulares. Surgen así restaurados en el sitio que debieron tener, éste es el caso de Manuel Laza Palacio.    

En la Axarquía malagueña, en la bella ciudad de Vélez-Málaga, hace ahora 100 años, nació Manuel; se trataba del tercer hijo, tras Modesto y Enrique, de un matrimonio ejemplar; el formado por Modesto Laza Herrera y la abnegada y excepcional Rosario Palacio. Si la biografía de algunas personas se va conformando con hechos de seda, en la de Manuel Laza no me cabe duda que fue tallada a hachazos desde que sólo era un incipiente proyecto hasta que llegó al punto final de su decurso vital. Prueba de ello es que, pese a la rudeza con la que fue tratado, se convirtió en un árbol frondoso que aún hoy cobija intelectualmente a miles de personas que bebieron su erudición y esfuerzo.

En 1909 se produjo un intercambio. El parto de Manuel estuvo marcado, como en “La mala hora” de Macondo, por la mala suerte. Un parto complicado, difícil por presentarse de nalgas, por el pobre desarrollo científico de la época y por los escasos medios disponibles en Vélez-Málaga. Fue la estrecha puerta a la vida por la que atravesó nuestro recién nacido: sobreviviría. Sin embargo, pocas horas más tarde las campanas tocaban a muerto. Como nos enseñó Alejandro Casona, “los árboles mueren de pie” y doña Rosario Palacio fallecería en el viaje a Málaga, dramáticamente, desangrada, dando generosamente vida a un ser  que lo va a merecer por su carácter excepcional; se había producido un intercambio doloroso y épico constitutivo del primer capítulo de la vida de nuestro protagonista.

Setenta y ocho años más tarde, se escribirá el último de esos capítulos apasionantes que en conjunto será su vida. El jardinero que le tocó a Manuel para cuidar de sus arriates vitales demostró una vez más que era leñador, dio el último hachazo al tronco y en un certero golpe le sustrajo de entre los mortales. El bruto llevaba más de tres cuartos de siglo  intentándolo; pocos casos reales se ajustan mejor que el descrito para el mágico gitano Melquíades de García Márquez cuando declaró que durante años la muerte le husmeaba los pantalones. Por otro lado, la siembra estaba realizada, la simiente había germinado y gran parte de los frutos estaban lozanos en la familia y la sociedad a través de sus alumnos.

Nuestro hombre fue un superviviente inaccesible al desaliento, tenía tantas cosas que hacer, que sólo podía seguir viviendo y soñando. Si la muerte de su madre era un mal comienzo, tan sólo dos años más tarde fallece su padre. A los dos añitos de edad era huérfano de padre y madre. Contaba no obstante con sus dos hermanos, si bien sólo algo mayores que él: Modesto y Francisco Javier. A lo que se le añadiría el inestimable sostén de sus tíos paternos: Enrique y Laureano. Y es que llamarse Laza implica multitud de asuntos y entre ellos la fraternidad y la solidaridad. Sus tíos se hicieron cargo de los chicos. Enrique y Laureano Laza Herrera salieron al quite, de esas vidas en ciernes y ante de ese morlaco cornalón que había salido de chiqueros. Enrique se haría cargo del mayor, y los menores fueron a vivir con Laureano. Fraternidad, solidaridad y perfeccionamiento personal generoso y transmisible, a lo individual y a lo colectivo, marcarán a los miembros del clan y de manera especial a Manuel Laza. 

Este año de 2009 es el centenario del nacimiento de Manuel, 78 capítulos en la tierra y 22 de recuerdos de un personaje de lujo, de un intelectual y a un tiempo un sobreviviente de frontera. Se halló permanentemente entre la vida y la muerte, entre la justicia y la iniquidad, entre el agnosticismo y la fe, entre la participación pública y el anonimato, entre la ciencia y la leyenda. Es indudable que sólo unas condiciones naturales excepcionales pueden dar a nuestro personaje la solidez necesaria para desarrollarse en esas condiciones, mas, los apoyos de sus tíos y su inseparable hermano Modesto serán las razones de carne, hueso y entendimiento en los que se base. 

Cuando mencioné que la simiente había germinado en la familia y la sociedad me refería en primer término a sus nueve hijos y en segundo lugar a los miles de alumnos que absorbieron sus enseñanzas. Ambos grupos y en cada día de sus vidas las transmiten a la sociedad civil. Tres hijos, Manuel, Enrique y Francisco Javier Laza Zerón y 6 hijas, son los resultados del amor de la pareja que formó con la abnegada María Luisa. Mismo nombre tendría la hija mayor, quién murió de manera épica y dramática, generosa y solidaria, un fruto  de la marca “Laza. María Luisa sería otra prueba más en la vida de Manuel, un sufrimiento infinito envuelto en un orgullo de entidad cósmica. Fruto de una epidemia de meningitis caen enfermas dos hermanas, Maria Luisa y una de las pequeñas. La época sólo permitía penicilina, pero la situación paupérrima del país sólo daba para las dosis necesarias para un caso. Esto hoy nos puede parecer increíble pero así era entonces. Se planteó el dilema bioético de a quién administrar la penicilina. Estando los padres en éstas, la conversación es oída por Mª Luisa y ella, con sólo doce años de edad, decide que sea tratada su hermana. En pocos días, María Luisa muere. Su sepelio es acompañado por muchos y la niña es enterrada con su vestido blanco. Fácil es colegir el sufrimiento de los padres, por la enfermedad de ambas, por la ausencia de solución, por deber decidir sobre la vida y la muerte de seres humanos que además eran niñas y como corolario luctuoso, sus hijas. Para personas comunes hubiese sido éste un golpe definitivo, irresistible en el momento e irrecuperable en el futuro. Pero era un Laza, que a modo de  círculo se encontraba inscrito en el otro gran círculo familiar fraternal. Si para entonces nuestro personaje ya estaba iniciado, qué decir de su hija María Luisa a quien le bastaron poco más de una década y los maimones de doña Luisa madre para también estarlo.

Con las enseñanzas, cuidos y sostén de sus tíos estudia Derecho, finalizando en 1932 en la Facultad de Granada, participando como profesor ayudante en la cátedra de D. Fernando Díez, para después trasladarse a Málaga. Desde una perspectiva intelectual entra en contacto con los trabajos y realizaciones de D. Francisco Giner de los Ríos, el genial pedagogo creador de la Institución Libre de Enseñaza y promotor del movimiento krausista en España. Se trataba pues de un abogado que de manera premonitoria se interesaba por la enseñanza, la pedagogía, la formación en suma. España  transitaba por los primeros años de la II República, muchos deseaban dar una vuelta de página al clima pesimista y destructor del 98 e ilusionarse con la luz de libertad y color del 27. Recordemos cómo Málaga fue, con el frontispicio de la revista Litoral, uno de los centros literarios de la llamada  “generación de la amistad”.

Manuel se casa en el 33 y está imbuido por el ambiente republicano y por los conceptos socialistas, militando en el PSOE. Pero no es sólo hombre de ideas, sino de acción comprometida, por lo que participa de manera activa en los repartimientos de la comarca de Antequera propiciados por la malograda Reforma Agraria. Si bien ésta globalmente considerada no consiguió sus objetivos y creó una tensión social relevante entre conservadores y progresistas, sus actuaciones, las de Manuel, fueron consideradas justas, incluso por los damnificados por la Reforma. 

Pero, la II República Española se extendería en el tiempo desde el 14 de abril del 1931 al 1 de abril de 1939, cuando la cainita Guerra Civil puso punto y final al proyecto republicano. Una lista interminable de nombres que quedaron en el campo de batalla, en los caminos del exilio y en las cunetas y tapias de cementerios de pueblos y ciudades. Mas, sobre todo, cientos de miles de desilusionados y ahítos de tanto esfuerzo por la libertad frustrada. Pero cuando planteábamos que Manuel fue un hombre de frontera, lo sería en varios ámbitos, así vemos a un hombre justo en acciones inscritas en el contexto socialista y republicano, en el periodo de la CEDA, es decir, con gobiernos de derechas. Se trató de nuevo de un baile en el filo de la navaja. 

Nacido en país y familia católica, siendo aún niño  Manuel perderá la fe, -no sabemos por qué- aun la recuperará varias décadas más tarde, incluso serán jesuitas y paules colaboradores en su magna tarea de excavación de la Cueva del Tesoro, aquélla a la que dedicará treitaiséis años de espeleología, arqueología, historia, radioestesia, psicología de los sueños y un enorme etcétera de materias sólo al alcance de cabezas privilegiadas.

 Otra actividad que no le facilitará  su vida externa, al menos a partir del 39, e influido por sus tíos Enrique y Laureano  será la pertenencia a la masonería y en concreto a la logia Pitágoras de Málaga. España caminaba con paso decidido hacia el despeñadero de la Guerra y de la Dictadura, finalizada la primera y recién comenzada la segunda pudo escapar, tuvo la ocasión de hacerlo, no obstante, había una pregunta que le percutía: ¿escapar de qué? Era consciente de su impecable comportamiento y de su justeza con los demás. Pues sus actos no eran reflejos aprendidos del dogma sino fruto del convencimiento profundo, de la reflexión y creencia en el ser humano perfectible. Con un pie en el buque de la liberación saltó al muelle del peligro y del horror que asolaría España durante las siguientes décadas. Tras transitar en el corredor de la muerte y mientras esperaba ser ejecutado como tantos otros, la sentencia capital le es conmutada por la cadena perpetua y más tarde sale en libertad. 

Su familia le esperaba, María Luisa, los hijos y los hermanos anhelan su llegada. Tras la primeras alegrías por el rescate de las garras de la injusta sentencia inicial surge de sus cenizas cuán ave Fénix, la cotidianeidad de la vida. El día a día con su afán esculpe a Manuel Laza Palacio. Una gran bofetada a sus inquietudes y expectativas le es propinada: le estaba vedado el ejercicio de la abogacía. Pero como el mítico ser del cromatismo incandescente y lágrimas curativas, Manuel decidió dedicarse a la docencia y en tres años era licenciado en Letras. Tenía pues el salvoconducto ministerial para poder dedicarse con legalidad a la enseñanza; aquélla que le atrajo de La Institución Libre de Enseñanza, pero que ahora debería reservar para sus alumnos de forma tácita y cautelosa. El griego y el latín serían sus asignaturas, sus herramientas de docencia y sustento familiar y miles de formados pasarían por sus aulas, las de lo colegios privados religiosos más prestigiosos de la ciudad de Málaga regentados por jesuitas, agustinos, maristas, teresianas y otros. Paradojas de la vida un republicano, socialista, agnóstico y masón parecía rifado en los principales centros educativos religiosos y en los primeros años de la dictadura militar.

 Estando en la cárcel y pese al previsible destino en el breve plazo de la pena capital, se dedicó al estudio del hebreo, lo que nos da cuenta de su  increíble resistencia al abandono moral. Asimismo, estudió el Salterio y realizó un estudio sobre Jesucristo en los salmos, trabajo éste que mostró al capellán jesuita del establecimiento penitenciario y que le serviría en su futuro cercano. Un hecho interesante le aconteció también entre las crueles rejas de la cárcel: un sueño, porque Manuel fue un hombre de sueños, de sueños que persiguió y convirtió en realidades, actividades oníricas y mundanas intelectuales y del vulgo, lo científico y lo legendario, una mezcla imposible para la mayoría de los mortales, que él en su gran capacidad cocinaba a fuego lento, para sacar los mejores sabores y aromas. Un sueño carcelario en el que con su pie sujetaba por el cuello a una gran serpiente con facies de mujer atormentada que se resistía, “la Gran Dama del Espacio" se interpretó.

 Una vez lograda la libertad ha de ocuparse del bienestar familiar, de todas esas personas a las que tanto debía y le hubieron esperado tanto. Cuando me refiero  la libertad recuperada sólo incido en la física, pues la mental jamás pudo nadie arrebatársela, él era un verdadero librepensador, tanto en sentido lato como en el estricto, aquél que usaban sus hermanos de cofradía.

La familia nuclear necesitaba de mayores aportes económicos y éste no iba a ser una dificultad insoslayable para alguien que tuteaba a la muerte y le había ganado ya varias veces la partida. Así se produce el traslado del hogar familiar de la estrecha y húmeda calle Fresca, en la espalda del Palacio Obispal y en plena judería, al 68 de  Carretería, junto a la medieval y andalusí muralla de la medina. La nueva vivienda aportará el espacio necesario para poner en marcha una nueva actividad, las clases particulares de griego y latín atragantados a tantos estudiantes de la época. Con su titulo de Letras, sus contratos en los colegios privados prestigiosos y su academia, Manuel Laza Palacio sacó adelante a su prole, pero con el apoyo inconmensurable, codo con codo, de de su esposa María Luisa Zerón.  

Para el primer transplante de órganos con éxito entre humanos debimos esperar a 1947 en Boston, en realidad aun calladamente ya había ocurrido antes en Málaga, pues Manuel Laza es un injerto del Renacimiento bañado por la Ilustración y enraizado en el siglo XX. Transplante de tan buena calidad que no sufrió el menor signo de rechazo.  

Puede parecer mentira, pero es estrictamente cierto, nueve hijos y la cueva y los limitados ingresos de profesor y pese a perseguir el tesoro escondido en la Cueva de Higuerón declarar en 1986: “A mí el tesoro no me interesa, en absoluto, por la riqueza que representa…me interesa demostrar que cuando hay una intuición fuerte, y uno sabe que le viene de fuera, aquello es cierto”. Los iniciáticos ideales  inscritos en su círculo volvía a salir a la luz, como las manchas persistentes de la humedad, para enseñaza de todos cuantos nos hemos interesado en él y su obra.

Deseo haber sido capaz de trasladar negro sobre blanco el interés que la figura de Manuel Laza Palacio me ha suscitado. De no haberlo conseguido es sin lugar a dudas incapacidad propia, no demérito del protagonista de quién parafraseando a Antonio Machado y en palabras dedicadas a Giner de los Ríos, podemos decir desde el convencimiento: “era un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad.” Lo primero está reservado a los honestos, lo segundo sólo a personas excepcionales dispuestas a vivir en la frontera para convertirse en seres entre reales y legendarios.

Manuel Laza Palacio fue “el hombre que creía saber dónde había un tesoro”, pero que no lo encontró porque lo tenía tan cerca, tan cerca, que su propia y excepcional entidad se lo impidió;  hubiese bastado con que sus manos palpasen su cabeza y su corazón y allí lo habría encontrado.

Dr. Francisco Fortes Figuerola