Califas omeyas de occidente

Elsje Fokkelman y Francisco Fortes

Colección: medieval-spain.com

 

A la muerte del emir  ‘Abd Allãh a finales del año 912, fue sucedido por su nieto ‘Abd al-Rahmãn III. Desde su ascenso al trono emiral  al-Andalus alcanzó de manera continuada las mayores cotas de poder, prosperidad y capacidad económica y militar, convirtiéndose en la gran potencia del Mediterráneo.

 

 

 

 

En el año 929, es decir, 17 años más tarde, el emir ‘Abd al-Rahmãn III tomó la  importantísima decisión de autoproclamarse Califa. Si ya desde los tiempos del precursor de la dinastía andalusí ‘Abd al-Rahmãn I, había sido proclamada la independencia política de Bagdad, ahora se reafirmaba a nivel religioso dicha independencia.

 

 

 

Aunque la decisión de proclamarse califa la llevase a cabo en el año 929, esta idea la llevaba gestando bastante tiempo antes, así cuando en el 928 visitó Bobastro tras ser informado por sus generales de que había sido tomado el verdadero nido de águilas del rebelde Umar b. Hafsum, escribió un parte el día 31 de enero en el que no cabe la menor duda de que ya había decidido ser califa; le faltaba sólo llevarlo a cabo.

 

 

‘Abd al-Rahmãn III al-Nasir 929-961

 

‘Abd al-Rahmãn III quiso que los problemas sucesorios estuviesen resueltos desde muy pronto, pues, por propia experiencia sabía que todos sus antepasados habían debido enfrentarse con problemas de esta índole.

Así, él mismo no era el sucesor de su padre sino de su abuelo, el emir ‘Abd Allãh, quién había encarcelado al padre de ‘Abd al-Rahmãn III, el príncipe sucesor Muhammad y posteriormente mandado a ejecutar a su tío y a sus tío abuelos. Así, tras pasar su infancia y juventud a la sombra de su abuelo Abd Allãh, un hombre duro, pero que se encariñó con su nieto, había llegado a emir en el 912 y ahora, tras meditarlo concienzudamente y tras la declaración de Califato de los fatimíes chiítas  norteafricanos de Kairuán, se vio en la conveniencia de proclamarse califa. Nacía así el Califato de Córdoba.

‘Abd al-Rahmãn III debió darle forma a su nueva condición de califa, así decidió escribir a los gobernadores y demás personajes de su hasta ese momento Emirato para comunicarles la nueva situación. A continuación vemos cómo lo hizo.

Con Abd al-Rahmãn III Córdoba se convirtió en un emporio, era una ciudad con más de 400.00 habitantes,  20 arrabales, 2000 mezquitas y 200 baños públicos, sin duda era la ciudad adecuada para albergar un Califato.

Abd al-Rahmãn III consiguió el difícil equilibrio del desarrollo cultural, económico y militar, al fin y a la postre una vez dada cuenta del rebelde Umar b. Hafsum de Bobastro y sus hijos, debía continuar con las aceifas veraniegas para mantener a raya a los reinos cristianos, para obtener los botines tan necesarios para su economía y la de sus militares y para permanecer incólume su fama. Así, en el 934 realizó una campaña para enfrentarse al rey leonés  Ramiro II, pero éste era extremadamente inteligente y sabedor de su inferioridad militar frente al potencial bélico del Califa, evitó la batalla, por lo que Abd al-Rahmãn debió conformarse con acciones de devastación propias de la época, pero no pudo infligir al leonés la derrota que deseaba.

Un tiempo más adelante, Ramiro II consiguió la alianza contra el poder cordobés de León, Castilla (entonces era condado y lo gobernaba Fernán González) y Navarra que se encontraba en manos de la regente doña Toda Aznárez, que curiosamente era tía de Abd al-Rahmãn III. A esta confluencia cristina, León, Castilla y Navarra se asoció el valí musulmán de Zaragoza, es decir, de la marca superior Abú Yahya Muhammad ibn Hashin  al-Tuybí quién traicionó a su califa y se vendió a Ramiro II.

La respuesta a la traición no se hizo esperar y Abd al-Rahmãn III cayó sobre Calatayud que se encontraba bajo el mando de Murrif (pariente del traidor Yahya) y después fue contra Makuenda y contra Rueda de Jalón donde gobernaba el hermano del traidor, devastó parte de Navarra y se rindió Zaragoza.

Sin embargo, 'Abd al-Rahmãn III apostó más por la inteligencia y el saber de las personas que lo rodeaban que por la fuerza bruta de la guerra, así dio su confianza a un judío médico brillantísimo y un verdadero precursor del Renacimiento, Hasdy ibn Saprut. Fue su médico, su consejero, su diplomático, su amigo y el formador del príncipe heredero al-Hakam. 

 

 

 

Sabedor de la importancia de las representaciones del poder en las masas, y en aquellos tiempos de la alta Edad Media mucho más, decidió la construcción de su "ciudad palatina", en la que la hermosura, la belleza y la cultura del protocolo y boato darían cumplida cuenta del aspecto semidivino del "Príncipe de los Creyentes".

Sería su gran obra, sería su ciudad, aquella perduraría por los siglos de los siglos; sería el digno legado de uno de los hombres más poderosos de la tierra en su tiempo a su querido príncipe al-Hakam. Ya veremos cómo todas estas certezas cayeron como un castillo de naipes en menos de un siglo.

Medinnat al-Zahara, ese sería el nombre de su magistral joya.

 

 Medinnat al-Zahra, se encontraría fuera de Córdoba, pero cerca de ella, para que los que debiesen ir a pedir sus favores emprendiesen el camino de la pleitesía, la peregrinación al santuario del poder islámico andalusí, para que les diese tiempo a admirar lo jamás visto en el Mediterráneo del siglo X.

Se dice que el califa 'Abd al-Rahmãn III puso techos de plata y oro en su Medinnat al- Zahara, y que el lujo llegó al extremo que fue reprendido por el imán Mundir en la oración del viernes. Y es dicho también que el Califa, bajó la cabeza y dejó escapar una "furtiva lágrima" inmediatamente antes de ordenar la eliminación de de las techumbres de la discordia.

 

 

Cuatro fechas importantes sobre Medinnat al-Zahara nos recuerdan hechos relevantes del califato de 'Abd al-Rahmãn III:

 

Algunos datos ilustran la imponente tarea de la construcción de la ciudad palatina:

 

La Corte califal estaba repleta de talento de todas las ciencias y artes. Así reyes cristianos como Doña Toda Aznárez de Navarra que a su vez era abuela de Sancho I "el Craso" de León, viajó a Córdoba con su nieto para que los médicos de Abd al-Rahmãn III lo tratasen de su obesidad.

 

 

 

Sin embargo, no estaba exento el Califato ni su califa de sufrir los reveses que la vida aguarda a todos. Así, poco antes de la fiesta Minà del año 939, sufrió una severa derrota militar en Alhándega, o batalla de Simancas. Esta derrota supuso fuertes pérdidas de soldados, el deshonor de la desbandada del ejército más poderoso de su tiempo y la pérdida de objetos queridos por Abd al-Rahmãn III: su cota de maya y su Corán. Pero, sobre todo, el desastre musulmán de Simancas supuso la traición de algunos señores de frontera: Calatayud, Huesca y Santaver.

Esta batalla perdida hizo mella en el Califa, no saliendo más a batalla a campo abierto.

Los señores de la frontera disponían de fuerte autonomía del poder central, pero deseaban la ausencia total de injerencia del Califa en sus asuntos, así al- Hakam b. Mundir al-Tuyibí señor de Calatayud de acuerdo con Yahyá b. Abú l-Fath b. Di l-Nun de Santaver y Furtun b. Muhammad de Huesca urdieron su traición, si bien Abd al-Rahmãn III mandó crucificar en público para mayor ejemplo al Furtum n Muhammad y a 10 militare principales.

 

 

Hacia el 960, cuando sólo restaba un año de vida al gran Abd al-Rahmãn III, compartía el gobierno con su hijo al-Hakam, quien se había ganado a pulso l confianza de su padre y quien contaba con 47 años. Como tantas veces ocurrió en al-Andalus, y en todos los reinos cristianos del Medievo, el hermano Abd Allah, hijo de Tarub, estaba celoso del brillantísimo hermano que le había caído. Abd Allah, Tarub y Nasar, jefes de eunucos, urdieron la traición y el asesinato del Califa y del Príncipe mediante el envenenamiento. El curandero que había fabricado la pócima ponzoñosa se arrepintió a tiempo y descubrió el plan al Califa. al Nasir hizo beber al Nasar el brebaje y hizo ejecutar  todos los demás incluido el hijo traidor.

 

 

 

 

 

al -Hakam II

 

 

‘Abd al-Rahmãn III deseo que fuese su primogénito el príncipe al-Hakam quien le sucediese, para ello este hijo que había nacido en el 915 fue designado wãlî al-‘ahd (heredero) y hecho residir junto a su padre en el

 

 

 

 alcázar de Córdoba. Hijo de una concubina Marýãm, fue educado muy de cerca por su padre y pronto dignificado con la representación califal.  Le fueron encargadas importantes tareas como la construcción de la maravillosa ciudad palatina de Medinnat al-Zahra, misiones militares y diplomáticas, la cogestión del califato o la ampliación de la Mezquita aljama. Sin embargo, al Hakam II debió esperar hasta sus 48 años de edad para ascender al trono, y para tener una vida sexual normalizada, pues su padre lo tenía confinado en el alcázar cordobés a salvo de las tentaciones femeninas  aunque también se plantea su posible homosexualidad.

 

 

Al-Hakam II fue un hombre muy culto, siendo legendaria su biblioteca con un número elevadísimo de volúmenes comparable a las bibliotecas mejor provistas de la historia. Llevó a Córdoba a los más altos niveles de exquisitez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una vez que en el 961 ‘Abd al-Rahmãn III falleció, asciende al trono el príncipe al-Hakam II, quien a sus 48 años debe poner a prisa a lograr la continuidad dinástica, lográndolo con el que será su sucesor y único hijo HiŠãm II, quien sólo deberá esperar al 976 para sucederlo. Si bien, el paso no fue del todo incruento, pues al-Mugîra, hermano de al-Hakam II, fue asesinado por los tentáculos del poder de Almanzor para evitar que reclamase derechos dinásticos ante la minoridad de HiŠãm II.

 

 

 

Una de las grande obras publicas de al-Hakam II fue su espectacular ampliación de la Mezquita Aljama, incluyendo la zona de riquísimo adorno dedicado a la oración de Califa -mihrab.

 

 

 

 

Muchos reyes de su época de cualquier latitud y religión presentaron sus respetos al Califa, así Borrell I le envió como regalo 30 cautivos a los que el Califa libertó. La pompa y protocolo, que ya había comenzado en tiempos emirales con Abd al-Rahmãn II y sus gustos orientalizantes, aumentó en el Califato así cuando llegó el embajador de Borrell I a ver al-Hakam II, éste estaba sentado en el trono tapado por todos sus visires.

 

Tras 15 años en el poder, 15 años de "oro" del Califato Omeya de Córdoba, será sucedido por Hisham, pero éste será manejado a su antojo por un arribista a quién se le encargó su cuidado y formación:  Abur Amir al-Manzur.

Al-Hakam además de toda su labor de engrandecimiento cultural, además tuvo también su imprescindible actividad militar. Así coexistió con Sancho II Garcés de Navarra durante los últimos 6 años de al-Hakam.

 

La boyante economía del Califato le hace construir magníficos edificios religiosos, como la inigualable y deslumbrante ampliación de al-Hakam II de la  Mezquita Aljama cordobesa, pero también, construyó extraordinarias estructuras defensivas como el castillo de Burgalimar situado en Baños de la Encina (Jaén).

 

 

 

 

 

 

En el año 975 condona al-Hakam II la sexta parte del impuesto general que pagaban sus súbditos para luchar contra el Califato Fatimí. También fue una época de cierta flexibilidad doctrinal, así aunque la escuela mãlikí seguía siendo la oficial en el Califato se toleraron ciertos acercamientos al mutazilíes y bataníes.

 

 

 

 

 

Tras la muerte de al-Hakam II en el 976, el Califato cordobés caerá en manos del dictador Almanzor y sus hijos y sucesores. Se producirá una usurpación del poder de la familia califal por la eficacia e inteligencia no exenta de crueldad  de Almanzor pero coexistente con la imprescindible debilidad de los últimos omeyas. Dará así comienzo el principio del fin del Califato de Córdoba, traducida en una fórmula política "la Dictadura amriní" y unos hechos destruidores de la estructura de la otrora exquisitez califal y que serán conocidos como "la fitna del Califato". Se abre un periodo largo y convulso desde 976 al 1031 de 35 años que llevará a los Reinos de Taifas y al progreso reconquistador cristiano.

 

 

FIN